El papel de las moscas como transmisoras de bacterias patógenas

Las moscas pueden transmitir a los humanos diversas bacterias patógenas

14 Diciembre, 2017

Ya sabemos que la capacidad vectorial que muestran algunos organismos, es la principal razón que justifica el control de ciertas plagas. De algunos de ellos, como los mosquitos, las cucarachas o los roedores, hemos hablado ya en varias ocasiones en esta sección. Resultan ejemplos claros y conocidos de potenciales transmisores de diversas enfermedades. Sin embargo, en otras ocasiones, estos portadores involuntarios pasan más desapercibidos, aun cuando se trata de insectos con los que convivimos frecuentemente, pero a los que no solemos prestar especial atención. Nos referimos concretamente a las moscas, dípteros que, como veremos a continuación, son algo más que seres molestos, puesto que desempeñan un papel un tanto infravalorado como transmisores de determinadas enfermedades.

Así se desprende de un estudio llevado a cabo por un equipo internacional de científicos que trata de desentrañar la implicación de las moscas en la transmisión de enfermedades bacterianas. En el trabajo, publicado en la revista Scientific Reports y realizado por investigadores procedentes de Singapur, Brasil, Alemania y EEUU, se estudió un total de 116 ejemplares de mosca doméstica (Musca domestica) y moscarda azul (Chrysomya megacephala) de diferentes hábitats (entornos rurales, urbanos y naturales) y de tres continentes distintos. Los resultados mostraron que muchas de esas moscas portaban cientos de especies de bacterias diferentes, algunas de las cuales son capaces de provocar enfermedades en los seres humanos.

Los autores del estudio descubrieron, mediante el análisis de los microorganismos alojados en las distintas partes de los insectos, que las patas y las alas de las moscas muestran la mayor diversidad microbiana; siendo las patas los apéndices a través de los cuales se transmiten la mayor parte de dichos microbios, al estar en contacto directo con las superficies. Con respecto al tipo de hábitat, las moscas suelen proliferar en entornos que calificaríamos de poco higiénicos, donde encuentran materia orgánica en descomposición, en la que depositan sus huevos y se desarrollan sus larvas. Es en esos momentos cuando las moscas quedan contaminadas por algunos de estos microorganismos. Sin embargo, aunque pueda resultar paradójico, el estudio demostró que se encuentra una mayor diversidad bacteriana en moscas de entornos urbanos que, por ejemplo, en aquellas que viven en granjas o zonas rurales.

En el desarrollo de esta investigación, los científicos consiguieron identificar hasta 33 especies bacterianas patógenas presentes en los dípteros considerados, entre las que se incluye Enterococcus faecalis, Salmonella enterica o Escherichia coli. Dichas especies están asociadas con infecciones nosocomiales y genéricas como bacteriemia (bacterias en la sangre), septicemia y gastroenteritis. Por otro lado, los investigadores detectaron varios casos en los que las moscas eran portadoras de la bacteria Helicobacter pylori, responsable de infecciones en el estómago, gastritis y úlceras pépticas. Los autores señalan que este estudio refleja un mecanismo de transmisión de patógenos normalmente no considerado por los responsables de salud púbica. De esta forma, las moscas podrían llegar a contribuir a la rápida transmisión de todos estos microorganismos nocivos cuando se producen brotes infecciosos.

Por todo ello, hay que resaltar la importancia que adquiere el control de las poblaciones de estos dípteros. Como con cualquier otra plaga, son varias las estrategias que pueden adoptarse. Por un lado, tienen una gran importancia las medidas sobre las condiciones higiénicos-sanitarias y/o ambientales. Un adecuado grado de limpieza es imprescindible para deshacernos de estos molestos insectos, evitando los acúmulos de excrementos, estiércol o materia orgánica en general. Las medidas preventivas son también fundamentales, como la instalación de telas mosquiteras en ventanas o cortinas plásticas en puertas. El control físico puede realizarse con aparatos insectocaptores o insectocutores, así como con diversas trampas de captura cargadas con cebos atrayentes. En cuanto a los tratamientos químicos, se puede destacar la utilización de cebos granulados, la pulverización de biocidas con diferentes materias activas sobre las superficies de posado, la nebulización de dichos productos o la aplicación de pintura insecticida. Como siempre, el control químico será el último recurso, cuando ya se hayan agotado el resto de alternativas.